9.6.11

La nada y las cosas




Por Noé Jitrik

El inolvidable John Lennon escribió y cantó “Nothing is real”, una sentencia cuya profundidad y fuerza sugestiva, poética, no se le puede escapar a nadie, aunque se pueda percibir en ella un tenue dejo budista: se sabe de qué modo él y sus amigos fueron atraídos por esa lejana y serena filosofía. Pero eso no importa: importa más bien el alcance de esa frase: ¿acaso no hemos sentido todos, alguna vez, que eso que llamamos real estaba ausente o se nos perdía, que no perduraba, que el aire parecía llevárselo todo? En especial todas esas probables cosas que están como contenidas en el “nothing” que, por esa razón, no es “la nada” o una nada absoluta sino una expresión de lo inalcanzable de las cosas, nuestra impotencia.

Ese modo de decir tiene su historia; los estoicos griegos lo sospecharon y los idealistas creyeron encontrar la solución; el propio Mallarmé, que escribió un soneto, que se desdice a sí mismo dejó su soneto como un algo que no terminamos de entender. Incluso, Marshall Berman, parafraseando al mismo Marx, consumado filósofo de las cosas que perduran en la historia y en la sociedad, también lo dijo, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, aunque con menos carga subjetiva y filosóficamente dolorida.

Volviendo a Lennon estado de ánimo se dirá, pero que es evidente que no todos los seres humanos comparten: algunos, muchos, no se dan cuenta de lo que encierra esa frase, viven en la ilusión convencidos de que lo que es es y lo que no es no es; otros combaten lo que eso podría querer decir expresándose, a sabiendas, mediante férreas sentencias marxistas, que sólo los filósofos idealistas, o Jorge Luis Borges, se animan a contradecir al costo de un inmediato vilipendio. Haciendo poco caso de los sentimientos que brotan de dicho idealismo, los marxistas de todo tipo proclamaron y proclaman, a voz en cuello, que lo único que existe es la realidad o sea que “todo” es real, aun lo mental, no ya las figuraciones del imaginario cuya realidad de cosa desborda su carácter específico: una pintura es un objeto a la vez perceptible e imaginario. Se supone que saben lo que es la realidad, además de percibir lo inmediato de las cosas que integran ese “todo” y de sentir su peso.

¿Cómo oponerse a ello? Pero, al mismo tiempo, ¿cómo renunciar a ese sentimiento de incertidumbre, de filtración o de pérdida que nos entristece y nos hace penetrar en una dimensión temblorosa, como si nos arrojáramos, sin saber nadar, en un profundo cenote pero que al mismo tiempo nos confiere el don de la transitoriedad, en suma, de percibir y sentir lo que se pierde?

Nadie ignora que la afirmación anti Lennon, pro-proto-filo-post marxista, es compartida, en un nivel superior –en el otro no hay problema, al pan pan y al vino vino– por todos los que intentan cauterizar las heridas que afligen al mundo, lo cual ha dado origen y sostén a políticas muy inmediatas y concretas: ningún político prosperaría si no se ocupara de las cosas concretas, diría alguno con toda convicción, si no se atribuyera comprenderlas y si por dudar de su existencia renunciara a hacer algo con ellas. No se podría, teniendo en cuenta el dolor que reina en el mundo y la necesidad de paliarlo, pensar de otro modo, aun no siendo secuaces de Lenin: Juan Domingo Perón, no precisamente uno de sus herederos, decía con duro e irrefutable acento: “la única verdad es la realidad”. “¿Qué es para usted la verdad, qué la realidad?” se le podría haber preguntado, pero eso parece tan obvio que casi es tonto decirlo. La realidad era lo que estaba enfrente, con una contundencia casi ofensiva: admitirlo desbarataba toda pregunta, todo cuestionamiento y si permitía actuar sobre ella entonces ahí estaba la verdad, no en las meras criaturas de la mente.

¿Qué valor, por lo tanto, tiene la frase de John Lennon? Se le podría decir que, en efecto, estamos de acuerdo, nada es real, pero la frase que dice que nada es real posee un nivel de realidad irrefutable, tanto que da lugar a una bella canción que todo el mundo entiende, como canción, no como un “es así” con el que es imposible manejarse. ¿Hay un antagonismo entre la poesía y las cosas? Más bien poesía y cosas circulan juntas como por un río subterráneo que las une y las hace indistintas, una y otra tienen la consistencia de los sueños.

Se puede, en consecuencia, negar o afirmar lo real, siempre quedará, como un “algo” sólido y que no se desvanece, la afirmación o la negación, las palabras que lo enuncian y que son, ellas, inmortales, las conozcamos o no. Para los idealistas tradicionales ser era ser percibido, o sea cuando hay una conciencia que las distingue y desaparecen cuando esa conciencia se eclipsa o se distrae pero, al mismo tiempo, esa conciencia no sólo precede a la percepción sino que es despertada, si está dormida, o creada, si no existe todavía, por algo que es exterior a ella.

Creo, a esta altura del razonamiento que la frase en cuestión es más una queja que otra cosa: la queja se produce porque las cosas reales nos son esquivas, porque las perdemos o porque no las hemos llegado a poseer. Queja amorosa, queja por el tiempo que se lo lleva todo, queja por la muerte que acecha o porque la poesía derrota a la muerte sólo en las palabras, no en el sujeto capaz de producirla. Quizás, inclusive, queja trivial porque todo eso que la motiva ya lo conocemos, está en nosotros desde que nacemos y en relación con todo. “¿Para quién te acicalas, vanidoso? Para la muerte”, pone en un epígrafe Arturo Cerretani en una de sus memorables novelas, como si nos quisiera recordar que un poeta llamado Francisco de Quevedo pasó toda su vida tratando de entender que la muerte no espera. Obviamente, no lo entendió, pero nos dejó una preciosa herencia: “serán ceniza mas tendrá sentido, polvo serán mas polvo enamorado”.

Mural de Chelo Candia en Allen, Río Negro


¡MEMORIA!": nuevo mural en la Galería a Cielo Abierto de Allen

Un nuevo mural integra la Galería a Cielo Abierto de la ciudad de Allen y refleja la esencia de este singular proyecto de arte urbano, ya que interpela al espectador con un mensaje concreto, que es también su título: "¡Memoria!".
Es el decimotercer mural realizado, pero el número 5 del recorrido; y se encuentra en Calle Dr. Velazco, entre Chaco y Juan B. Justo.

En la pintura aparecen algunos recuerdos que juegan justamente con la memoria del vecino espectador. Entre ellos, Don Bentata, en su librería, el placero Rapetti, las cuatro pérgolas de la plaza que ya no están, el primer colectivo Ko Ko, de 1941; y una imagen que refiere a la acción política y colectiva que derivó en el proceso de revocatoria del intendente de la ciudad en 1999.

El proyecto de arte urbano Allen, una Galería a Cielo Abierto es un regalo de la Municipalidad de Allen a sus vecinos en celebración del año del Centenario de la ciudad. Es llevado adelante por el artista plástico Chelo Candia, junto a María Langa, con el asesoramiento histórico del grupo de trabajo Proyecto Allen.

Los realizadores agradecen a la familia Tappatá, quién ofreció gentilmente su pared para realizar la obra; además de acompañar todo el proceso de pintado, ayudando con la provisión de corriente eléctrica y guardado de materiales.

"Allen, Una Galería a Cielo Abierto" es un proyecto de arte urbano único en la región que consiste en pintar 15 murales en el casco céntrico de nuestra ciudad, representando distintos momentos de la historia local. Las imágenes forman un recorrido artístico, turístico y educativo en el que la ciudad cuenta parte de su historia desde sus propias paredes. Una vez concluídas las pinturas, se editará un catálogo explicativo para ofrecer al espectador un recorrido guiado por la ciudad.

Este proyecto fue presentado por sus realizadores a distintas instituciones, en el marco del Centenario de la ciudad, para lograr su financiamiento. A mediados de 2009 fue declarado de interés social, cultural, turístico y educativo por la Legislatura de Río Negro y por el Concejo Deliberante local. En abril de 2010, y por decisión del intendente Graciano Bracalente, el proyecto "Allen, un Galería a Cielo Abierto" consigue finalmente el apoyo y financiamiento exclusivo de la Municipalidad.

Contacto: Chelo Candia 02941 432756 / 02941 15413054

chelocandia@hotmail.com

chelocandia.blogspot.com

11.3.11

A propósito de Varguitas


Consideraciones sobre la repercusión suscitada por la invitación a Mario Vargas Llosa a inaugurar la próxima Feria del Libro en Buenos Aires.

Gerardo Burton


La controversia generada por la invitación al escritor nacido peruano y nacionalizado español Mario Vargas Llosa a inaugurar la próxima edición de la Feria del Libro en Buenos Aires, un megaespacio de exhibición y venta de libros y objetos más o menos conexos, habilitó una discusión antes impensada por lo masivo sobre política cultural y negocio editorial.
El primer aspecto observado es que la elección recae en uno de los autores-éxito del conglomerado de editoriales extranjeras que, desde poco más de una década atrás, adquirió los principales sellos nacionales y concentra más del 80 por ciento del negocio en la actualidad. En ese lote no es menor la presencia del Grupo Prisa, propietario, además, del diario El País, notorio opositor a la política del gobierno de la Argentina. Esto dicho sin formular un juicio de valor sobre Vargas Llosa ni sobre su derecho a expresarse como se le antoje.
Pero en segundo plano aparece una discusión de fondo que tiene que ver con considerar al lenguaje como un recurso natural y como un medio de producción que contiene a la literatura pero la trasciende. El lenguaje abarca a todo lo que se hace con las palabras dichas, oídas, escritas, leídas, pensadas, recordadas, sentidas.
En palabras organizadas circula el idioma: a través de radios, diarios, televisión, revistas, libros, teléfonos, teléfonos celulares, la web, correos electrónicos, mensajes de texto. Los medios son incontables, siempre son más. El lenguaje atraviesa y es atravesado por toda la realidad: la política, la cultura, la sociedad, la economía. El lenguaje es un medio de producción sin opresores ni oprimidos, pero que expresa (y denuncia) quién es quién en este juego. Por lo tanto, se puede hablar también de resistencia cultural.
Porque se trata del castellano que se habla en este país, del castellano que se escribe (si se puede) y del que se utiliza (o utilizaba) para traducir idiomas extranjeros. También se trata de cómo y qué se escribe, esto es, si un texto (preferentemente en prosa) es reconociblemente escrito en la Argentina, en el Uruguay, en Chile, o da lo mismo que se escriba en París, Roma, Londres, Bombay, Buenos Aires o Madrid. Es decir, se trata de la forma de hablar, de la forma de escribir y de la forma de leer, y de cuál es el castellano que se utiliza como código, el de la ve corta o el de la uve, por ejemplo.
Para los autores y para los lectores no es menor este planteo. Entre los primeros, los hay al menos de dos clases: los narradores y los poetas. Estos cultivan un género que no ingresa ni siquiera en el horizonte lejano de los planes editoriales, a menos que se trate de algún monstruo sagrado. Sus obras circulan por autoedición, publicaciones que ellos mismos pagan o nadan en la web, en blogs y páginas más o menos diagramadas.
Pero en el caso de los narradores, la cuestión tiene connotaciones más económicas, por no decir de mercado. Hay formatos expresos o implícitos que las editoriales vía los suplementos literarios y culturales inoculan. Aunque no parezca deliberado, se impulsa la utilización de un castellano (le dicen español) neutro, carente de modismos y alejado de todo color local. Ese lenguaje es una caricatura del habla, de la misma manera que son caricaturas esos adolescentes globales uniformados con patinetas, gorras de beisbolista, camisetas multicolores y una jerigonza rapera de dibujo animado doblado al castellano.
Un poco más abajo hay otra pelea: la disputa por el idioma no es menor. No se está hablando aquí de bienes espirituales sino de productos industriales. Tan así es que la Real Academia Española decidió el año pasado uniformar la ortografía según la península ibérica y más, según el centro de España, Madrid y sus arrabales. A la manera de nuevas carabelas timoneadas por las fundaciones de las grandes empresas españolas (Telefónica, Repsol), los diccionarios, los fondos de las editoriales más importantes, los suplementos y revistas literarias y culturales, que trabajan como propaladores de esas compañías, y las instituciones de difusión del “español”, constituyen una nueva avanzada de adelantados sobre estas costas. Esta vez la depredación será con la lengua, que es designada casi universalmente como la única patria que queda a los pueblos, ahora que los territorios ya no definen la nación y las fronteras se diluyen.
Vale citar como ejemplo un artículo aparecido a finales de febrero en el suplemento económico del diario Clarín (I-Eco) titulado “Seseoso Rico, Seseoso Pobre: cuánto vale el idioma español”. Su autor, Sebastián Campanario, refiere una encuesta realizada por una investigación de la Universidad del Cema sobre el ingreso medio anual de los hispanohablantes.
Así, clasificando en diez regiones el mundo de gente que habla castellano (castellano peninsular, peninsular estándar, andaluz-canario, mexicano-centroamericano, caribeño, andino moderno, andino tradicional, chileno, rioplatense y paraguayo), pudo determinar que el ingreso anual promedio de toda la zona hispanoparlante es de 13.568 dólares. Este valor es un 153,26 por ciento superior en la zona del español peninsular estándar; y un 61,72 por ciento inferior en la zona del español paraguayo, que es la que tiene menor ingreso per cápita. Para quienes hablan la modalidad “rioplatense”, el ingreso es levemente superior al promedio: 14.702 dólares por año. Los que hablan con la zeta tienen un ingreso anual promedio de casi 34 mil dólares, que representa el 291 por ciento más que el promedio de los hablantes seseantes (los que pronuncian la zeta como ese). Esta curiosa distribución también refleja acaso las prioridades del mercado editorial en el momento de definir los lectores, y así se definen los rasgos de uniformidad de la escritura.
En España, hay grupos y fundaciones (Asociación del Progreso del Español como Recurso Económico, Eduespaña) que consideran que el idioma aporta el 15 por ciento del Producto Bruto Interno del reino. Existe, entonces, una mentalidad empresarial que abreva en el neoliberalismo pero que también pretende imponer con criterios neocoloniales su particular visión de la lengua en congresos, foros, academias y, sobre todo, mercados.

3.3.11

Carta de una víctima de la violencia machista

Pablo Iglesias es poeta y profesor de literatura. A continuación, el relato de lo ocurrido el 26 de febrero pasado en Cipolletti, Río Negro.

A todo el pensamiento fascista y machista en general


El sábado 26 de febrero de 2011 fue, en cuanto a mis circunstancias particulares, una jornada interesante. Tuve la oportunidad de visitar a un amigo que se encuentra en problemas existenciales, participé de un festival sobre arte y nuevas tendencias, donde me reencontré, luego de un intenso y hermoso verano, con amigxs, compañerxs y alumnxs, gente toda ésta a la que encontré muy bien y con la que compartí momentos agradables. Decidimos luego junto a una amiga festejar el hecho de que ella haya conseguido trabajo en lo que le gusta, tarea bastante ardua para los jóvenes de este país, y festejamos en la casa de una de sus amigas. Más tarde, nos dirijimos a un bar ubicado en la zona céntrica de la ciudad de Neuquén, donde un grupo de amigos tocaba con la banda que conforman, cuya música nos gusta mucho. Luego, de modo independiente, decidí asistir al boliche que en la zona del Alto Valle de Río Negro y Neuquén se autoproclama friendly gay, es decir, lugar donde es bienvenida la asistencia de personas cuya orientación sexual es la que algunos prefieren denominar gay, homosexual, travesti, bisexual, lesbiana, torta, puto, marica, chongo, chonga y toda una lista interminable de palabras como personas existan en el mundo entero; tono que adquiero ya que no entraré en discusiones acerca de etiquetas, por concebir que las sexualidades se viven múltiples, discusión que no hace a los fines de este escrito, aunque sí al trasfondo ideológico de los hechos que viví y a los cuales he de referirme en lo que sigue.

El boliche al que hago referencia contiene, en su interior, a una considerable porción de personas cuyas situaciones sexual, económica y social son heterogéneas. Al mismo tiempo, cuenta con personal de barra y de seguridad, además de personal dedicado a tareas de relaciones públicas, organización interna, animación de la fiesta, etc. Yo me encontraba este sábado en cuestión bastante contento y alegre de haber encontrado amigos y amigas con quienes bailar y disfrutar la noche, como suele hacerse en la clase de lugares destinados a estas cuestiones los sábados por la noche en casi todos los rincones del país, al menos en la mayor parte de los cuales tuve la oportunidad de conocer y frecuentar. En este preciso momento de euforia y alegría, el personal de seguridad a cargo de la entrada y salida al espacio, un hombre pelado y robusto, de piel trigueña, quien me había atendido de excelente manera al momento de mi ingreso al local, me traslada hacia la puerta y sin ningún motivo que me haya informado, y sin tener conocimiento yo de motivo alguno, sin encontrarle un por qué a toda esa situación, esta misma persona reduce mi cuerpo al suelo, trabándome el brazo, y comienza a repetir palabras cargadas de discriminación e intolerancia; fórmulas ritualizadas plenas de odio y resentimiento; mensajes que evidenciaban la homofobia por parte de esta persona. Palabras dignas de los número de humor que muestra Diego Capusotto por televisión, a través de su personaje ficticio llamado Micky Vainilla.

Inmediantamente comienza el espectáculo. Me encuentro consciente todavía, sabiendo que están queriendo hacer de mí algo que no soy; sabiendo que van a inventar después, que muchos se justificarán, que nadie sabrá comprender realmente el trasfondo de tales hechos que ocurren cotidianamente. Pido a la persona que me está agrediendo que no me quiebre el brazo, que me deje tranquilo; grito para que acuda gente. «¿Vos te hacés el vivito, no?», escuchaba. «Vos, que te hacés el vivito». No me hago. Estoy vivo y quiero seguir estándolo.

Luego, este personal de seguridad que acometió sobre mi persona, se comunicó con la policía de la provincia de Río Negro, —policías sí las hay– la cual arribó al lugar luego de aproximadamente veinte minutos. Me esposaron. Se generaron disturbios. El boliche cerró sus puertas. La gente miraba. Todos miraban. Todos pedían que me devolvieran mi libertad. Veía caras conocidas. Porque gritaba, me raspaban la cara contra las piedritas y la tierra de la calle que da a la entrada del boliche.

Flame es el nombre del lugar en cuestión, un boliche que se autoproclama friendly gay y se encuentra escondido tras otro boliche mucho más grande y fastuoso que no se autoproclama nada, pero donde asisten personas cuyo modo de vivir la sexualidad no se encuentra cuestionado, a vivir la tan pretendida normalidad. Interesante fachada. La fiesta transcurre allí dentro de manera glamorosa y alegre, donde travestis y locas de barrio, machos gays y adolescentes con ganas de ser mujer y otros que no, disfrutan y se realizan al menos una vez a la semana en su propia identidad. Pero la fiesta también ocurre como oculta. Hay una máscara muy grande, máscara que oculta que ahí dentro hay gente que mueve las fichas lo suficientemente rápido como para excluir a aquel cuya presencia prefiere evitar. Derecho de admisión, que le llaman, el cual rige la entrada y salida de todas las personas en la mayor parte de los bares, boliches, restaurantes y lugares destinados a las relaciones sociales en las ciudades de nuestro país. Derecho de admisión, sí. Pero también atribución ilegal, fascista y en este caso, homofóbica, de entregar a una persona que pagó su entrada y que estaba divirtiéndose directamente a la policía provincial, sin ninguna clase de motivos, y de que te duerman durante aproximadamente seis horas con un gas pimienta anestésico, y de que te caguen a patadas, y de que te basureen y de que ocurra toda una infinidad de cosas más que gracias al cielo a mí no me ocurrieron porque intenté mantenerme íntegro, aunque a duras penas, en medio de todo lo que estaba aconteciendo. Además soy y seguiré siendo consciente del paradigma ideológico que sostiene todas estas prácticas.

Soy Profesor, profesión ésta cuya representación social es altamente negativa. Pero soy profesor y educo en valores referentes a la libertad y a la autonomía. Educo y aprendo acerca del valor de la palabra y estudio permanentemente cuestiones referentes a diversidad de temáticas que son de mi interés, en las cuales pretendo seguir profundizando. Bailo, canto, escribo literatura y entreno mi cuerpo para expresarme como actor. Participo de talleres de teatro y uso mi cuerpo para decir cosas, no solamente en el entrenamiento teatral sino también cuando bailo en un boliche y en muchas oportunidades en las cuales deseo expresarme desde el cuerpo, como cuando hago el amor o cuando me encuentro alegre o deprimido.

El domingo 27 de febrero de 2011 amanecí dentro de un calabozo, viendo que toda la libertad que llevo dentro, libertad que han llevado dentro de sí tantos otros seres de este país y de este planeta, vi que toda esa libertad ahora estaba encerrada entre dos paredes que forman un pasillo, y entendí tanto.

La libertad está en la mente. De eso no hay duda. Pero acá te quitan la libertad espacial. Desde la pequeña abertura que tenía la puerta del sucio y oscuro calabozo, podía yo ver la ventana del décimo piso de un edificio, justo la ventana del departamento en el que conviven una pareja de amigos junto a su hijo, y entonces sabía que estaba dentro de la órbita de mi gente, de que dentro de todo, las cosas estarían bien. Y además, los policías habían dejado ingresar a un amigo que había ido a averiguar por mí, y que me había hablado en el momento en que yo me encontraba sin poder abrir los ojos debido a la picazón que me había generado la anestesia con la que me habían anestesiado. Estaba seguro de que afuera las cosas se estaban moviendo.



¿Qué es lo que molesta? ¿Por qué un montón de personas vivimos estas situaciones regularmente? No es la primera vez que me ocurre algo así y tampoco es la primera vez que ocurre un hecho de este tipo en esta clase de lugares y en este país. Y si escribo es porque estos hechos merecen, desde mi punto de vista, ser denunciados. Y también porque me gusta escribir. ¿Qué es lo que molesta? Y sobre todo ¿a quién le molesta? ¿Por qué esta persona que me atendió y me recibió de buenas maneras luego desplegó tal espectáculo de violencia y represión sin informarme motivo alguno y sin darme espacio para expresarme? Y todo esto con total rapidez, con total impunidad. No tuve conocimiento del automóvil donde me hicieron ingresar. No tuve conocimiento del lugar adonde fui a parar. Me durmieron durante un buen rato. Supe después que amigxs y compañerxs de militancia, conocidxs de la universidad y de diferentes ámbitos artísticos, habían tomado noticia de todo lo ocurrido y de mi paradero casi al instante, lo cual probablemente haya provocado que me den la libertad hacia aproximadamente la una de la tarde de ese mismo domingo 27 de febrero. Me dirigí al hospital esa mismísima tarde, donde denuncié, con golpes a la vista y con otros dolores que muchos nunca lograrán divisar, todo lo ocurrido. Luego descansé.

La denuncia la radiqué en la Fiscalía Nº 4 de la Cuarta Circunscripción Judicial de la ciudad de Cipolletti, provincia de Río Negro, a los 2 (dos) días del mes de Marzo de 2011. El Expediente es el Nº 272/11F4. La investigación estará a cargo del Agente Fiscal Dr. José A. Rodríguez Chazarreta. Hay fotos y hay testigos. Organizaciones sociales y de derechos humanos me acompañan y les agradezco, porque a muchxs de ellxs lxs conozco ya hace un buen tiempo. Pero es necesario denunciar que es de este modo como opera la desaparición de personas en democracia y en dictadura. Estas son las prácticas con las que han hecho desaparecer a aquellos por los que gritamos «¡presente ahora y siempre!» en las movilizaciones por las calles del Alto Valle y de Argentina.





Pablo Martín Iglesias

D.N.I. Nº 31.270.443

Racismo, Sociedad y Política en Argentina




Por Rubén Américo Liggera*
(para La Tecla Eñe)


Desde la invasión española en América el prejuicio racista tiene que ver con las relaciones de poder político y de control económico y social. Es decir que, desde el fondo mismo de la historia, en nuestra Argentina, hemos vivido períodos de violencia que fueron variando de forma y virulencia según las circunstancias.
Los hijos de la tierra fueron sometidos por la maquinaria bélica europea para efectivizar su insaciable rapiña en las minas de Potosí. Más al sur, la Ciudad de los Césares no fue más que un espejismo. Sin embargo, el criollo, descendiente de aquellos pueblos originarios hacia los días de la independencia no formaba parte de la gente “decente” o “vecinos” con capacidad de decisión. Pero como siempre el pueblo “quiere saber de qué se trata” se hizo presente en la plaza para presionar a los cabildantes.
Los esclavos traídos desde Africa por traficantes ingleses y portugueses hasta Colonia del Sacramento, a falta de explotaciones intensivas se transformaron por estas costas en diligentes sirvientes de la burguesía comercial rioplatense.
Indios, negros y criollos pobres en el Río de la Plata conformaron la escala social más baja de la sociedad. Y aunque la Asamblea del XIII había terminado con la esclavitud los afroamericanos continuaron siendo discriminados.
Políticamente, descendientes de estas clases sociales apoyaron luego la causa federal; ante participaron activamente en los ejércitos libertadores. Leales al “partido americano” vistieron la divisa punzó en las guerras civiles contra los representantes del “partido europeo”. La chusma iletrada, los gauchos, los indios, negros y mulatos advirtieron prontamente que Rosas y los caudillos provinciales eran los líderes populares que representaban sus intereses contra el centralismo porteño.
Desde 1820 a 1852 la taba cayó suerte y a veces culo para el paisanaje y sus conductores, pero el período rosista significó en los hechos el más alentador para las clases bajas. Civilización versus barbarie fue el denominador común de intensas y diversas maneras de enfrentamiento entre los defensores de un federalismo popular y un centralismo elitista.
Después de 1853, ya dictada la Constitución Nacional, las guerras intestinas continuarán hasta mucho después de la anexión de Buenos Aires a la Confederación Argentina. La llamada “organización nacional” se conquistará a sangre y fuego, total, para educados como Sarmiento la sangre de gaucho no valía un pito…
“Gobernar es poblar” fue el lema generacional imaginado por Alberdi. La inmigración europea, entonces, irá conformando en el imaginario argentino aquello que dice que “descendemos de los barcos”. Acerca de este mito nacional del “crisol de razas” resulta muy esclarecedora la investigación de Ezequiel Adamovsky en Historia de la Clase Media Argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003 (Bs. As., 2009)
Adamovsky habla de un “ciudadano ideal” en estos términos: ”Todos estos mensajes/ culturales, implícitos y explícitos/ (…)realizaron verdaderas ´operaciones de clasificación´ que apuntaban a crear o reforzar jerarquías sociales y contrarrestar los vínculos de solidaridad que se estaban creando entre gente de diferente condición y los sueños de una vida nueva que a menudo los acompañaban. Parte de estos mensajes involucraron la creación y difusión de una imagen del argentino ´ideal´, un modelo de lo que cada uno debía ser y cómo debía comportarse. El ciudadano ´correcto´ era el que dedicaba sus mayores esfuerzos a su bienestar material y al progreso de su familia”…Era el que accedía a determinado nivel de consumo, era capaz de comportarse como alguien “civilizado”, participaba en política correctamente. En esta sociedad machista (otra forma de discriminación agregamos nosotros) la mujer ocupaba en este ideal un lugar secundario ocupándose del hogar. Y concluye este pasaje: ”Así, se nos hizo visible en varias ocasiones, que la norma del argentino ´ideal´ estaba modelada a partir de las características de los grupos sociales de cierta posición y de piel blanca, contraponiéndose implícitamente con la de los trabajadores manuales, los más pobres, los incultos´, los menos ´decentes´ y los de tez morena”(…)”Y ya que la Argentina era un país de inmigración y de cultura europea, los argentinos de verdad tenían (N de la R: subrayado del autor) que ser blancos”(pp.86-87)
Adamovsky nos irá mostrando en esta obra esclarecedora cómo el sistema educativo implementado por la Generación del ´80 trató de domesticar a las masas populares; cómo los medios contribuyeron a la conformación de una imagen del “deber ser” social de nuestra “clase media” que –por diversas razones- al fin y al cabo no sería más que una “identidad subjetiva”, asegura.


La irrupción del peronismo a mediados del siglo pasado ciertamente significó una fenomenal ruptura del orden social establecido por las clases dominantes. La chusma, la negrada, los cabecitas, los “grasas”, las mujeres se hicieron ahora visibles y “naide es más que ninguno”. Imperdonable. Perón y Evita, íconos del proyecto nacional y popular encarnado por el justicialismo a mediados del siglo pasado serán estigmatizados de mil maneras por el poder, ahora seriamente amenazado.
“Algo había sido violado. ´La chusma´, dijo para tranquilizarse….´hay que aplastarlo, aplastarlo´, dijo para tranquilizarse. ´La fuerza pública´, dijo, ´tenemos toda la fuerza pública y el ejército´, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada”. Así culmina “Cabecita negra” (1961), ese cuento magistral de Germán Rozenmacher que mostró como ninguno qué significó para amplios sectores de clase media el ascenso de los trabajadores con el peronismo. Esa necesidad de diferenciarse de las masas populares más que nada por cierto nivel educativo, su origen europeo y el color de su piel. Porque desde el punto de vista económico no son más que “trabajadores de cuello blanco”, asalariados calificados, imitadores de hábitos y costumbres de las clases superiores. De allí esa compartida “identidad subjetiva” que mencionamos arriba citando la investigación de Adamovosky.
Y curiosamente, fue el peronismo quien permitió el ascenso social de estos grupos sociales aliados a los “demócratas” que luego retrotrajeron sus conquistas sociales a condiciones de décadas anteriores; pero además, en nombre de la “libertad” persiguieron, silenciaron, reprimieron y fusilaron a grandes mayorías del pueblo argentino. En fin, después de 1955 perdimos todos. Irremediablemente.
Pero no aprendimos de la experiencia histórica. Cada tanto reaparecen expresiones racistas y xenofóbicas.
La fiesta neoliberal de los ´90 produjo la más feroz recesión social de que se tenga memoria en Argentina. Miles y miles de excluidos y desocupados salieron a las calles para reclamar trabajo y dignidad. Organizaciones sociales y sindicales cortaron calles y rutas a lo largo y ancho del país. Los “piqueteros” son la cabal representación de una década de infamias y humillaciones para el pueblo trabajador. Hasta la clase media se sintió agredida al verse pauperizada y en vertiginoso descenso.
Hace pocos días-en un contexto muy diferente- los sucesos del Indoamericano y Albariños mostró hasta el paroxismo, debido a la multiplicación mediática, cuánto de discriminación y violencia anida en nuestra sociedad.
Leña, muerte a los villeros, que se vayan los perucas, bolitas y paragüas. Basta de mantener a esos vagos que no quieren trabajar, no fomentemos la vagancia. “¡Qué país generoso!”, le dice una mujer-maestra ella-a otra frunciendo la cara en la cola del cajero del banco. Compartían la fila con los negros, feos y sucios que esperaban cobrar la Asignación Universal. (Doy fe. Fui testigo involuntario esa violencia verbal, de ese acto despreciativo en boca de personas que para mejorar sus ingresos trabajan doble turno en las escuelas, según sus propios dichos y que no era mi intención escuchar)
“El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía liberal y democrática, muestra hasta qué extremos el prejuicio impregna nuestras racionalizaciones. Reconocer en él, en el provinciano, al hijo del país, a una de nuestras partes, significa lisa y llanamente aceptar el viejo conflicto entre capital y provincia, entre unitarios y federales, entre ejército regular y montonera, entre gobierno patriarcal y gran puerto fenicio. Es algo que está más allá de las racionalizaciones del pequeño burgués, liberal y democrático, presionado por su realidad económica, por su desmesurado sueño de grandeza, por su deseo de ingresar, económica y espiritualmente, a la clase alta. Obsesionado por su status, por su apellido gringo, por su falta de tradición, se siente, en su rechazo al cabecita negra, aliado a los que mandan. Ellos y él, por fin, tienen algo en común. Sin embargo, esto no deja de ser una ilusión. Ser diferente, ser gente, ser bien, significa no tener nada en común con ese intruso, que nos recuerda un origen humilde, de trabajo, de pequeñas humillaciones cotidianas. En. esta fantasía, el pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo. ´Ahora tendrán que trabajar´, dice en 1955, a la caída de Perón. ´Los negros volverán a la cocina´ hubiera dicho cien años antes, después de Caseros” (Ilustrativo y siempre vigente análisis de Pedro Orgambide, revista Extra, 1967)
Estas actitudes explican de alguna manera el apoyo que recibió el denominado ”campo” en su corcovo destituyente cuando el gobierno nacional osó meterle la mano en el bolsillo (el más sensible de los órganos del ser humano, claro)
Aceptémoslo. En Argentina existieron y existen actitudes racistas. Por acción u omisión. No importa. Pero vale la pena ponerlo en palabras. A modo de exorcismo o de reto intelectual.
Desde 2003 hasta ahora, impulsados por un modelo neodesarrollista con justicia social, se han vuelto a visibilizar los sumergidos de nuestra historia. Y eso otra vez molesta, genera rechazo, odio, resentimiento. Saca lo peor de nosotros. Se justifican ligeramente la represión y la violencia contra los negritos, los villeros, los inmigrantes, los homosexuales.
Pero el color de la piel, el género, la elección sexual, en última instancia esconden tensiones sociales que cuando encuentran situaciones favorables se patentizan. La política, no por casualidad, es el vehículo más apto para su injusta permanencia en el tiempo o su paulatina solución de acá en más.
Depende de qué partido tomemos.

* Poeta y periodista

7.11.10

Nosotros


por Pablo Marchetti
Para Claudia Acuña, con amor peronista

En el final de la cola, unos ocho metros antes del féretro, en uno de los corredores de la Casa Rosada, una piba llora. Sí, una piba: 16, 17 años, como mucho. Divina, cándida, antelical. Una chica que bien podría uno imaginarse llorando así con una novela del Cris Morena Group o con la llegada de los Jonas Brothers, aunque un poco más hippona. Si Néstor Kirchner hubiera sabido que lo iba a llorar una piba así capaz que no se moría.

Ok, lo que acabo de decir es una reflexión machista, pelotuda, lo que quieran. Olvídense. Pero a ver si queda claro: la plaza de Mayo y sus alrededores se llenó de pendejas y pendejos divinos, pibes muy chiquitos, adolescentes y jóvenes conmovidos por la muerte de Kirchner. Pibes que transformaron en hit el canto “andate Cobos, la puta que te parió”, o su versión extendida: “Andate Cobos y llevate a la Carrió”. O sea, pibes y pibas que hicieron su lectura política del asunto. Pibes y pibas militantes.



foto: Mariana Salgado

Todos putos

Un pibe escribe con aerosol, en el piso, sobre la avenida de Mayo, casi Bernardo de Yrigoyen, Néstor VIVE, y sobre cada una de las V de la palabra VIVE escribe una K, reemplazando la P peronista del PERÓN VUELVE. Me río: se lee KK. O sea, caca. Evalúo por un momento la posibilidad de compartir mi hallazgo con el pibe que escribe con aerosol. Y lo imagino contestándome: “De caca te voy a llenar la cabeza, puto”. Pero no, descartado. El pibe no diría eso. Parece más un pibe que pudo estar tomando un colegio anteayer. Más rockero que cumbiero. Clase media porteña, laburante. El pibe de la fotocopiadora, ponele. Hasta es probable que ni sea peronista. Nada de “eh, puto”. Y menos ahora que a su lado pasa una columna (bueno, un grupito con pancarta), unas treinta personas que llevan orgullosas el cartel que dice “Putos peronistas”.

Sí, los putos y las travas también. En la fila, a ocho cuadras de Plaza de Mayo, está Marlene Wayar, la hermosa Marlene, altísima, flaca, ojos enormes, sonrisa transparente, la voz más lúcida de la diversidad sexual, el pensamiento más sexy del país, una travesti que no cree en el matrimonio pero cree en la igualdad. Quién lo hubiera dicho, Marlene en la fila para ver a Néstor. ¿O debo decir “en la cola”? Sí, Marlene en la cola de Néstor, que esta noche es también promiscua y libertina. Que esta noche es todos con todos, todas con todas, todos con todas, todas con todos, todo con todo. Esta noche, la del pastiche que supimos conseguir. Unámonos. Abracémonos. Te amo, Marlene. Qué bueno que estés acá.

Noche de abrazos

Esta es una noche de abrazos. Me abrazo con Marlene, me abrazo con Claudia Acuña (bueno, con Claudia siempre nos abrazamos), me abrazo con Mariana Collante, me abrazo con Eduardo Anguita (sí, aquí estoy, Eduardo, ¿dónde iba a estar?), me abrazo con Dani Tavarone (Dani, qué linda sorpresa, tanto tiempo), me abrazo con Maxi Vecco (responsable de los videos de ¡Mueva la patria!), me abrazo con mi compadre falopero Felcho Marquestó (nos encontramos de casualidad; él fue a la plaza con Ramón, su hijo de 8 años), me abrazo con el gran Poroto D’Addario, exquisita pluma chabona de Página 12, que está haciendo la cola a la altura de Bernardo de Yrigoyen entre Avenida de Mayo y Rivadavia, me abrazo con Juampi Pichetto, a quien hace años que no veo, y en qué andás, y me cuenta que está haciendo Clase Turista, y me alegro, qué buen programa, y nos fumamos esa tuca que queda, qué bueno vernos, pensamos, y claro, cómo no íbamos a estar acá.

Aquí estamos. Con esa bola de nervios, esa bola de cagazo y esa bola de emoción al vernos, al constatar eso, que aquí estamos. Somos bien distintos y de repente nos damos cuenta de que también podemos ser bien iguales. O que, bueno, esto es lo que nos une. Que no debería haber rencores a partir de esto. Que sí, después da para discutir, para cagarnos a puteadas, a bardearnos, a mandarnos a la concha de nuestras madres o a la puta que nos parió, que si ya llegaron los putos es probable que en cualquier momento también lleguen las putas peronistas, y tampoco tengamos miedo a volvernos un poco trogloditas (o a seguir siendo peronistas, como prefieran), ahora que todos estamos aprendiendo a ser más correctos. Pero siempre teniendo en cuenta esta noche. A bardear, a discutir, pero sabiendo cual es nuestro lugar en el mundo, dónde vamos a marchar cuando las cosas se pongan pesadas. Pensemos en Néstor.

Pensemos

Eso, pensemos en Néstor. No por obligación, sino porque eso es lo que nos sale: pensar, reflexionar, intentar hacer política. Porque después del abrazo, del reconocernos, de la certeza a mitad de camino entre el “qué bueno que estás acá” y el “claro, cómo no ibas a estar acá”, llega la discusión, la reflexión. Si hay algo para lo que sirvió esta noche es para constatar un par de cosas que, hasta hoy, no eran más que cuestiones que se afirmaban sobre la intuición. Ahora nos damos cuenta que era verdad, que la política había vuelto, que la militancia había vuelto. Y esta, la noche del Chau Néstor es la noche de la política y la noche de la militancia.

La vuelta de la política. La vuelta de la militancia. La vuelta de los pendejos a la militancia. Pensemos en Néstor. No, no fue Néstor quien construyó todo esto. Si Néstor fue apenas un gobernador peronista de los 90. Un gobernador de una provincia petrolera que estuvo en la primera línea de combate de la privatización de YPF. Un aliado de Menem y Cavallo. Un tipo al que, antes de llegar a ser presidente, jamás le importó lo que decían los movimientos de derechos humanos, que jamás se preocupó por los crímenes de la dictadura y que, encima, era el candidato de Duhalde.

Sin embargo, Néstor no sólo no defraudó, sino que sorprendió. Uno no esperaba casi nada y el tipo se mandó con varias cosas inéditas y esperanzadoras. Y siguió, aunque todas podrían resumirse en una: no tengo claro si Kirchner era mi amigo, pero estoy seguro de que irritaba a mis enemigos. No sé si a todos (las críticas que tuve, tengo y tendré tienen que ver con eso, con aliados impresentables), pero sí a muchos. Demasiados para los que nos tenía preparada la historia argentina. Y estas cosas sólo se pueden medir en perspectiva histórica.

Juan Domingo K

Más allá de las críticas que puedo tener, creo que Néstor Kirchner (él y Cristina) fue el mejor presidente de la Argentina en los últimos 50 años. O, más precisamente, el mejor desde Perón, desde el primer peronismo, el de los 50. O, para decirlo en términos más constatables, fue el que más se enfrentó a mis enemigos y a los enemigos de toda la gente que vino esta noche. Por eso hay tanta gente que dice “yo no lo voté, pero aquí estoy”, “yo no soy peronista, pero aquí estoy” o “yo soy de izquierda, pero aquí estoy”, como me dijo el pibe que subía al lado mío por las escaleras mecánicas del subte E, cuando llegué a la plaza el jueves a la tarde.

Sí, el mejor desde Perón. Juan Domingo Perón, para más datos. Un milico con simpatías por el Eje durante la Segunda Guerra Mundial, que participó en los primeros golpes de Estado de la Argentina, como oficial del Ejército. Un tipo del que no había mucho que esperar, o más bien de quien se podía esperar lo peor. Sin embargo…

Como Perón, Kirchner hizo mucho más que lo que se esperaba de él. Pero hay algo más que identifica a ambos líderes, a ambos presidentes. Está claro que el peronismo es algo mucho más trascendente, mucho más complejo y mucho más rico que la figura de Juan Perón. Pues bien, si el kirchnerismo es esta plaza, si son esos pibes (y también esos señores, esas señoras, esos laburantes, esos viejitos, esos putos, esos fumones, esos oficinistas, esos fans de 678, esos flacos que se están tomando una birra, toda esa gente que hace seis, ocho, diez horas que está haciendo la cola para pasar 30 segundos a cinco metros del ataúd cerrado donde está el ex presidente), está claro que ese movimiento político y social trasciende con creces a Néstor Kirchner.

No, Néstor no construyó todo esto, pero Néstor fue quien lo leyó. El emergente y, al mismo tiempo, quien abrió el juego. Olvidémonos de la lista de virtudes (Corte Suprema, estatizaciones, juicios a los represores de la dictadura, asignación universal, integración continental) y defectos (pejotismo, mineras, petroleras). En otro momento podemos discutir todo eso. Ahora es el momento de centrarse en el principal logro de este Gobierno: la militancia.

A lo chori

“Chipa, chipa”, grita la paraguaya, sentada en un banquito, con su puestito improvisado donde vende el modesto manjar guaraní. Chipa y no chipá, que quede claro. Acaba de llegar, son las once de la noche. “A la rica chipa”. A su lado, una mujer vende pósters con la foto de Néstor y Cris, y papeles y fibrones. ¿Para qué? Lo aclara en el papel que tiene escrito: “Néstor, siempre con vos”, dice el papel, escrito con fibrón. Que cada uno escriba lo que quiera, pero que todo el mundo sepa que puede escribir cosas como esa, como una forma de hacer catarsis o de romper el cerco mediático de Clarín.

Más allá, un tipo comienza a prender la parrilla. “El chori y el paty salen como piña”, me dice un parrillero que está prendiendo otro fuego porque ya agotó stock y va por el ballotage. Se venden también banderas, cintas negras, escarapelas. Y para beber, gaseosas, cerveza, café. Me cuenta Mariano Lucano (estoy caminando por avenida de Mayo con él y con Flavia, su novia) que en el entierro de Alfonsín (no, no fui) no había choris ni nada de eso. Pero que, a cambio, el McDonalds de enfrente del Congreso estuvo abierto toda la noche.

Acá los negocios están cerrados. Los bares bajaron sus persianas después de la medianoche y sólo quedan algunos, poquísimos, maxikioscos. Por eso a la una de la mañana se siguen prendiendo parrillas. Puede parecer liturgia peronista, pero acá los compañeros tienen hambre. Y el chori se cobra, eh. No se regala, eh. Que acá no hay micros, no hay aparato, loco, eh. Nadie vino por el chori y la Coca. Ni siquiera vino por Néstor. Acá la gente, la mayoría de la gente, vino a hacer el aguante y a no sentirse tan sola. Vino a tratar de dejar claro que esta vez no, no nos van a volver a cagar.

Qué grande sos

Sí, claro, los pendejos. Sí, claro, la clase media progre. Sí, claro, los zurdos, los intelectuales, los universitarios, los profesionales. Por supuesto, todos ellos están. Pero también está el peronismo. También está la gente que se tuvo que tomar tres bondis para ver el cajón. Está Zulema, que vino de San Justo. Está la gente del Docke y otros que vinieron desde las provincias. También están (en primera línea) los militantes peronistas de veintipico, de treintaipico, esos productos tan típicamente Néstor que volvieron a sentir orgullo de ser peronistas. Que cantan la Marcha y se emocionan y hacen emocionar a quienes alguna vez nos emocionamos cantando la Marcha.

Otros hits: “Olé, olé, olé/ Nestoooor… Nestoooor”, con acento en la “o” alargada final. Pero sobre todo uno, bien peronista, que advierte: “Che gorila, che gorila/ no te lo repito más/ si la tocan a Cristina/ qué quilombo se va armar”. Ese y el de Cobos son los más escuchados. Los pibes proponen, advierten. Nadie dice boludeces, ni nadie evoca fantasmas. Hay un mensaje concreto: no jodan. Y viendo toda esa gente, sintiendo la emoción y la onda que hay en el aire, por un momento da para el entusiasmo, da para pensar que quien sabe, tal vez…

Oficialitis

Néstor irritó a nuestros enemigos y más allá de las diferencias, más allá de las medidas y aliados impresentables, más allá de la minería y el pejotismo, el espanto que generaban esos enemigos siempre pudo más. Y cada vez que alguno de estos enemigos mostraba los dientes y las uñas daba ganas de volverse más K que Orlando Barone. Sí, lo confieso: muchas veces, escuchando a Biolcatti, leyendo a Morales Solá o a Mariano Grondona o viendo algunos títulos de Clarín me dieron ganas de pasar por la galería Bond Street, tatuarme la cara de Néstor y Cris en la espalda y después salir, ir al estudio de Canal 7 donde se graba 678 y decir: “Mirá, Barone, a que vos no tenés un tatuaje así, soy más oficialista que vos”.

Desde el miércoles, cuando Néstor la quedó en Calafate, las bestias comenzaron a mostrar los colmillos. Son los mismos simios gigantes que quisieron dictarnos lecciones republicanas impresentables luego del velorio de Alfonsín, sin olvidar que ellos habían odiado a Alfonsín. Pero claro, Alfonsín se quedó ahí. Lo intentó tibiamente, arregló, no supo. Sí, por supuesto, vivió modestamente, no como estos millonarios santacruceños. Pero políticamente terminó devorado por sus enemigos, sin siquiera haber atinado a pelear como es debido. Se confió, actuó como una persona y, como tal, creyó en la humanidad de las bestias que lo rodeaban.

No, Néstor no era de esa estirpe. Néstor peleaba. Por eso, como bien dice Beatriz Sarlo, prefirió no convertirse en patriarca y morir luchando. Por eso, en su despedida, no hubo ningún Biolcatti, ningún Cobos, ningún Morales Solá, ningún Duhalde. Sí, claro, nadie se alimenta de vidrio: sí hubo un Scioli o un Gioja. Pero otra vez: se podrá criticar a los amigos, pero nunca se dudará de la calaña de los enemigos. Porque lo mejor de Néstor era cuando no dialogaba con quienes reclamaban diálogo pero en realidad querían exigir, y cuando se peleaba con quienes merecían que los cagaran bien a trompadas.

No se trata aquí de comparar entierros. Pero no sólo es necesario dejar en claro que a Néstor lo despidió por lo menos el doble de la gente que le dio el último adiós a don Raúl. También sería bueno recordar que entonces hubo algunos imbéciles que destacaron lo masivo del entierro de Alfonsín (que lo fue) y presagiaban una muerte en soledad para Néstor. Que la chupen, que la sigan chupando. Vos, gorila republicano, la tenés adentro. ¡Vamos todos! “Tomala vos/ dámela a mí/ el que no salta/ es de Clarín”.

9 años no es nada

Camino con Mariano Lucano y de repente tengo un dejà vu. ¡Esto parece el 2001! Cuando también caminé con Mariano, por estas calles, dos años antes de Barcelona. Bueno, no, nada que ver: todo está tranquilo, no hay represión, ni siquiera un poquitín de clima tenso o jodido, ni siquiera una pizca de paranoia. Hay miedo, sí, pero es un miedo por el devenir político, no por el presente, no por la caminata por estas calles. Y hay que decirlo aunque suene pelotudo o inocente: hay esperanza. Por lo demás, estamos como entonces. Nueve años no son nada. Somos los mismos que entonces. Y algunos otros, más pendejos, que podrían haber estado ahí.

Mariano me cuenta que ayer se cruzó con Diego Parés (el dibujante que mejor retrató el 20 de diciembre de 2001) y con el Niño Rodríguez. Me imagino que deben estar (como Mariano, como yo) descosiéndose el cerebro pensando en qué carajo van a decir, qué corno es lo que van a dibujar de todo esto. A mí se me enquilomba todo. No puedo parar de pensar, como todos los que estamos aquí. Como no podemos (sí, lo bueno de esto es lo fácil que es pasar del “yo” al “nosotros”) dejar de sorprendernos y emocionarnos, como todos los que estamos aquí.

Gracias totales

Aquí abunda el análisis político al paso. Lo admito, no puedo parar de hablar con todo el mundo. Charlo, discuto (ya lo dije, ¿no?). Por supuesto, se habla de quién ocupará el lugar de Néstor. Quién se bancará al PJ, quién evitará el aluvión Scioli, cómo hacer para no cagarla en este momento político que, bien manejado, puede ser bastante favorable para una salida digna. O sea, para evitar que el Mal Mayor se haga cargo del asunto. Y para neutralizarlos por un buen rato. El precio a pagar puede significar el convencimiento casi religioso de que aquello que considerábamos el Mal Menor se transforme de repente en un Bien Aceptable. O al menos que mude su domicilio a los suburbios del Bien, a pocas cuadras del Riachuelo o la General Paz del ideal ideológico.

Más allá de la especulación macro política, el verdadero desafío es ver cómo articular todo esta voluntad colectiva, este montón de ganas, de abrazos y de emoción al margen de toda especulación electoral. Por supuesto, lo electoral existe y es relevante. Pero nadie piensa en Máximo o en Alicia por aquí. Ya se verá si el hijo presidencial puede realmente ser una opción y si eso realmente puede ser bueno. Por el momento, parece tener menos carisma que Fabián Matus, pero estos momentos suelen hacer milagros. Si no, mírenlo a Ricardito Alfonsín.

Lo que realmente importa ahora es cómo salir de esta plaza. Y lo más importante, cómo hacer para volver a encontrarnos todos aquí, con esta misma emoción, con esta misma fuerza. Cómo tener la certeza de que, si nos joden, aquí vamos a estar. Aguantando los trapos. No los de Néstor ni los de Cristina. Los nuestros, los de los montones de personas que no queremos que nos rompan las pelotas. Los de todos aquellos que estuvimos horas y horas esperando para ver durante 30 segundos un ataúd cerrado, porque sabíamos que allí adentro había un tipo especial.

Un tipo que no fue ni un héroe revolucionario, ni un gran ideólogo, ni siquiera alguien muy parecido a nosotros. Sin embargo, ese tipo fue quien hizo el milagro de juntarnos, de hacernos tomar conciencia de que somos un montón y de darnos cuenta de que hay ciertas cosas que no vamos a permitir. Bueno, no exageremos, que somos frágiles. Pero al menos ahora sí tenemos claro que hay cosas con las que no se jode. Por eso, aunque sólo sea por eso, gracias Néstor.

http://lavaca.org/notas/nosotros/

21.6.10

Notas sobre la "Declaración del Bicentenario"


Texto leído en una reunión de Carta Abierta Neuquén. Incorporé algunos temas del diálogo posterior.

Gerardo Burton
geburt@gmail.com

El documento emitido por Carta Abierta nacional con motivo del Bicentenario de la Revolución de Mayo, a diferencia de varios discursos y relatos difundidos en estos días, no ofrece una postura cerrada ni narra una realidad fotografiada y estática. Por el contrario, plantea varias cuestiones que quedan abiertas y que no se habían puesto en discusión: por ejemplo, la cuestión cultural, la revitalización de la política, la institucionalidad como un espacio en disputa entre fuerzas contradictorias y hasta antagónicas.
Hacia el final del texto, luego de una enumeración pormenorizada de los momentos más críticos que consolidaron el predominio del país agroexportador, parte de un sistema colonial moderno y de su contracara, las luchas populares y los movimientos surgidos desde la periferia hacia el centro y desde lo profundo hasta la superficie, se plantea la necesidad de conjurar “las maniobras de quienes conspiran en las sombras y agitan desde los espacios mediáticos”. Así aparece uno de los principales problemas de estos días: la pelea que se da por el poder en el campo común que es la comunicación.
En consecuencia, también es necesario “resguardar al país de la corrosión de sus lenguajes y de una sensibilidad social, cultural y política menguada en sus capacidades críticas y creativas, como de los condicionamientos en los modos de vida y de pensamiento impuestos por las culturas imperiales. Sabemos que no se sale indemne de las heridas infligidas por los poderes de la dominación y que las diversas formas de la injusticia, la humillación y la fragmentación marcaron a fuego el tejido social. Pero también percibimos que algo poderoso vuelve a manifestarse en la patria de todos. En la particular situación de América Latina en estos inicios del siglo XXI, este pueblo, hecho de memoria y de presente, escrito su cuerpo por las mil escrituras de la resistencia, las derrotas y los sueños, tiene la potencia de realizar ese llamado ante los peligros y la afirmación de su resistencia ante toda forma de la devastación”.
Es que, como nunca, está claro que el poder real no reside en quien gobierna sino en quien detenta el poder económico y cultural –como antes el militar-, y que las clases dirigentes funcionan como asalariados de ese poder. Clarificar este punto es crucial, dado que entonces se puede analizar con mayor grado de corrección el verdadero sentido de las palabras. Es decir, ¿cuál es el significado de ‘libertad de expresión’ cuando los medios de comunicación son el poder, en principio de la oligarquía y ahora de las fortunas concentradas? Cuando se alude a Mariano Moreno y sus expresiones sobre la libertad de prensa al fundar La Gazeta, se olvida que ésta era un órgano oficial del gobierno de la Primera Junta, o de un sector de éste. No era iniciativa privada.
Por eso, y acertadamente, el documento expresa que el estado del pueblo es “hoy, la vigilia: apuesta a la defensa de las reparaciones alcanzadas y a la perseverante insistencia en lo pendiente. Si es capaz de mirar al pasado de la nación e inspirarse en la épica americanista de los revolucionarios de mayo, lo hará porque su realización está en las señales del presente y en la apuesta al futuro. Tiene ante sí el desafío de dar lugar a lo nuevo que surge y de contribuir a que se extiendan y fortalezcan los modos en que los argentinos deciden vivir su libertad para afianzar la de todos. Estamos convocando a un acto de emancipación, capaz no sólo de enfrentar las trabas que interponen, ayer como hoy, los intereses poderosos, sino de proponer nuevas soluciones imaginativas y nuevos objetivos que estén a la altura de una sociedad enfrentada al desafío acuciante de ser más equitativa. Y a través del ejercicio de la libertad, de la participación y de la movilización, a llevar a cabo las grandes tareas pendientes, particularmente las que conducen a enfrentar las desigualdades sociales que persisten como una llaga que no se cierra –tareas cuyas señales han sido dadas en estos últimos tiempos-. Un mayo de la equidad y de la igualdad, un mayo en el que la riqueza sea mejor distribuida entre todos los habitantes de esta tierra. Por todo esto convocamos, con el entusiasmo y la pasión que emanan de nuestra historia compartida, a emprender las transformaciones estructurales y culturales que se necesitan para contrarrestar el saldo de décadas de deterioro y desguace, y avanzar hacia nuevos modos de relación entre los ciudadanos, la política y el Estado. Somos esos sueños y esas múltiples y diversas experiencias sin las cuales no podríamos imaginar un futuro. Conmemorar el Bicentenario implica tomar nota de lo nuevo y convocar lo existente hacia una profundización de la democracia. Los hombres de Mayo tuvieron ante sí la tarea de construir una nación despojada de la herencia colonial. Lo hicieron en parte y la situación de América Latina exige la continuidad de ese esfuerzo. Como para ellos antes, para nosotros hoy no hay retroceso tolerable y sí un enorme desafío histórico: la construcción de una sociedad emancipada y justa”.
Hasta aquí unos fragmentos del documento, y una crítica: en la enumeración de las luchas populares se produce un lapso que casi roza la censura: de la mención del Cordobazo en el año 1969 se salta, casi como por encanto, a “los rostros de la militancia por los derechos humanos”. Falta la experiencia guerrillera, y falta la mención a los desaparecidos. Se puede aducir que no hay perspectiva histórica, pero creo necesario tomar de las organizaciones que optaron por la lucha armada sus aciertos, pues sus errores están a la vista y, a fin de cuentas, también se planteó como parte de una gesta emancipadora. Y de los desaparecidos, como una suerte de “vanguardia de la resistencia”, una experiencia absoluta y brutal que tiñó como mancha de aceite toda la sociedad. No pueden ser escondidos en los pliegues de la historia.
UNAS PROPUESTAS
Tal como quedó dicho, el documento se propone abierto. Por ejemplo en un artículo publicado hace semanas en un diario de Buenos Aires, el economista Aldo Ferrer apuntaba una serie de temas para trabajar en el futuro inmediato. El artículo, titulado “Hacia el tercer centenario”, impulsa a trabajar y a reflexionar en cinco “desafíos”: la ocupación del territorio; el régimen político-institucional; la cohesión social, la estructura productiva y la inserción internacional.
En cuanto a ocupación del territorio, expresa Ferrer algo que toca de cerca de las provincias, en especial a las patagónicas. La necesidad de construir un “federalismo económico” que implique el despliegue del desarrollo “de todas las regiones en un sistema nacional integrado”. Para eso, deben funcionar en forma solidaria y asociadas las tres jurisdicciones del Estado –nación, provincias y municipios- en una “estrategia de desarrollo inclusiva de todas sus regiones”. Explica Ferrer que “la última reivindicación territorial pendiente, la recuperación de Malvinas, se logrará a su tiempo, dentro del derecho internacional, a medida que el país consolide su desarrollo y fortalezca su presencia internacional”.
En cuanto al régimen político-institucional, sin eludir la presencia de tensiones cuya resolución en paz requiere fortalecer las reglas de juego de la Constitución y la división de poderes, se apunta a transformar “profundamente” la sociedad y sostener los cambios en el reparto del poder, la riqueza y el ingreso.
El tejido social, continúa Ferrer, “hereda las asimetrías de la formación histórica del país, desde los tiempos de la colonia. La situación fue profundamente agravada durante el período de la hegemonía neoliberal (1976-2001/2002)” cuando se registró un aumento “dramático” de la pobreza, la fractura del mercado de trabajo, el desempleo y la desigualdad en la distribución del ingreso y de las oportunidades creadas por el sistema educativo.
También es necesario construir una “economía integrada, diversificada y compleja, apoyada en tres ejes: las cadenas de valor de alto contenido tecnológico de su producción primaria, una gran base industrial que incorpore las actividades de frontera científico-tecnológica y el despliegue en todo el territorio”.
En el contexto internacional, “deberá abandonarse también el supuesto neoliberal de que el país es un segmento del mercado global, cuya economía debe organizarse conforme a las señales de los centros de poder mundial. Esta visión es incompatible con el desarrollo económico que, siempre y en todos los casos, es, en primer lugar, la construcción en un espacio nacional”. Y a continuación, Ferrer enumera las sucesivas hegemonías en la historia argentina –Gran Bretaña primero y luego Estados Unidos- y advierte sobre los riesgos de construir dependencias similares respecto de China o Brasil puesto que “la capacidad de gestionar el conocimiento demanda la existencia de una estructura productiva, compleja, integrada y abierta, vinculada a la división del trabajo y el orden global a través del intercambio simétrico de los bienes y servicios portadores del avance tecnológico”. Es que, concluye, “la especialización limitada a la producción primaria es la vía más segura al subdesarrollo y la subordinación”.
EL ESCENARIO
Entonces, un rápido vistazo sobre la constitución de Carta Abierta y los cambios ocurridos en la Argentina desde el gobierno de Néstor Kirchner continuados por el de Cristina Fernández.
Después de diciembre de 2001, verdadero final del siglo XX para la historia política argentina, el Estado estaba redefinido según el modelo neoliberal, y la transferencia de obligaciones y responsabilidades a los individuos y grupos –ausencia en educación y salud; vacancia en la cuestión de la justicia- hizo necesaria la construcción de una nueva forma de hacer política. Ése fue el momento de la transversalidad, de una suerte de horizontalidad que descabezó a los poderes tradicionales del peronismo –gobernadores, intendentes del conurbano bonaerense, caudillos sindicales-. Sin embargo, la operación de trasvasamiento no se completó.
Los gobernadores volvieron a imponerse –vía la famosa “liga” o sus legisladores, diputados y senadores en ambas cámaras-. Los intendentes, convertidos en los “barones” del conurbano, retomaron su poder; y lo mismo ocurrió con los sindicalistas de la CGT.
Ésta no pretende ser una descripción completa, pero sirve para ilustrar un cierto clima: la aparición de Carta Abierta implicó la posibilidad de reflexionar sobre los acontecimientos, ofrecer una mirada diferente de la de los medios de comunicación social y definir un territorio de pensamiento. Eso ocurrió antes de la crisis con las patronales del campo.
Si algo aparece claro en ese conflicto es que la mesa de enlace ruralista –que concentró a los sectores más ricos del país, los históricos y los advenedizos- no fue un armado espontáneo. O si lo fue, se disimuló muy bien. Salvo la Federación Agraria Argentina, son las mismas entidades que formaron, en 1975, una asociación en contra del gobierno constitucional de entonces.
Bajo la mesa de enlace se cobijaron los resortes más firmes del establishment: los agroexportadores; los dueños del sistema financiero; los propietarios de los medios de comunicación social. Básicamente eran ellos con algunos compañeros de ruta, en un movimiento transversal que atravesó también al gobierno y sus aliados. En esos grupos de poder se nucleó la reacción contra el cambio de modelo político institucional –los juicios por violaciones a los derechos humanos; la apertura de la comunicación; la reestatización de resortes básicos de la economía como el sistema jubilatorio, las aerolíneas, la televisación del fútbol; el pago de deuda con reservas-.
La construcción de la oposición pivoteó en torno de dos ejes: la inacción del gobierno, a quien tomó por sorpresa, y el acierto en la elección de los temas a instalar. La pérdida de iniciativa oficial fue el primer impulso que envalentonó al sector y comenzó a vislumbrarse la posibilidad de bloquear o condicionar el ejercicio del poder. Esto ocurrió hacia el final de la presidencia de Néstor Kirchner y se profundizó con la asunción de Cristina Fernández, en especial con el caso Antonini Wilson y la valija venezolana.
Se gestó así un escenario de supuesto refuerzo institucional, de juego democrático de los poderes y el sistema jurídico que en rigor significaba un condicionamiento casi absoluto a la acción del gobierno. Se trataba de “pialarlo”.
En simultáneo, se inició una tarea de erosión y deterioro de la imagen presidencial: que el gobierno lo ejerce el matrimonio, donde la voz cantante es la masculina; que las giras al exterior no sirven más que para comprar carteras y vestidos de moda; que el Tango 01 es utilizado por la hija de la Presidenta; que la imagen presidencial –maquillaje, aspecto- es de frivolidad y casi kitsch, etcétera.
Esa construcción tenía un objetivo confeso: lograr la parálisis del Ejecutivo para que no haya otra salida que la dimisión o la inercia absoluta. Por eso se la calificó de destituyente: en esta ocasión la salida del poder no se haría por un impulso expreso de la fuerza opositora –sea ésta cívica o militar- sino por una supuesta imposición de las circunstancias, casi en el nivel del fatalismo. Sería el corolario de una serie de falacias: esta gente no sabe gobernar; no tienen proyecto político; son ineptos salvo para la corrupción, y las soluciones son institucionales –p.e. el recurso al vicepresidente de la Nación-. Este armado eclosionó con el conflicto con los ruralistas, y contó con el abono de los desaciertos y algunos flagrantes errores del oficialismo. Sin embargo, la mayor irritación, que incidió en forma directa en las ansias destituyentes fueron los aciertos del gobierno –mencionados más arriba- y coronados con el proyecto –ahora ley- de servicios de comunicación audiovisual.
El fallido intento destituyente incorporó, luego de la votación contraria a la resolución 125 y la paridad electoral de junio de 2009, un nuevo ingrediente: el conflicto social, azuzado y magnificado –en sus consecuencias molestas para la vida social- por las empresas periodísticas. Así, la protesta piquetera –oficial u opositora- se potenció y en paralelo la información relativa a la delincuencia de manera de generar la sensación de inseguridad. En el circuito de profecía autocumplida, los representantes de este sector aparecieron como los gurúes de las soluciones a estos problemas y responsabilizaron de su incremento al gobierno.
En esto, otra vez coincidieron estas entidades con sus posturas previas al golpe de 1976. El discurso de la Apege –tal era el nombre de la mesa de enlace de entonces- al tiempo que llamaba a la pacificación social, informaba que la única salida política era la propuesta por ellos. Algo parecido ocurre hoy: la ineficacia supuesta de Cristina Fernández sólo puede ser remediada por su vicepresidente, o por algún dirigente de la oposición embanderado en el ideario mesaenlacista.
LA CUESTIÓN DESTITUYENTE
Es interesante señalar dos situaciones en la nueva etapa política. La primera, de manera analógica con lo que ocurrió en 1945 con la ocupación del espacio social y político por parte de los trabajadores y de quienes formaron el primer peronismo. En la actualidad ocurre algo que merece un análisis. Históricamente, el peronismo –y sobre todo la generación de 1970- cuestionó la legalidad institucional y la validez de la experiencia democrática, de la que estuvo proscripto desde 1955 hasta 1973. Esa consideración peyorativa dejó las instituciones en manos de los representantes de los sectores más conservadores ligados al establishment.
Cuando la actitud hacia la institucionalidad en general y la democracia en particular cambió, y el gobierno kirchnerista decidió dar la batalla dentro de ese marco jurídico y legal con la exigencia de que las instituciones respondan a las funciones para las que fueron creadas, comenzó la disputa, la pelea por ese espacio. La pregunta de los sectores dominantes pareció ser: “¿Y a estos, qué les pasa? ¿Qué quieren acá?
Así, el peronismo, hecho maldito del país burgués, volvía a convertirse en los primeros años del nuevo milenio en un nuevo hecho maldito: esta vez, del sistema institucional, al que desafiaba desde adentro a cumplir con la función para la que había sido creado.
El segundo ingrediente a destacar es que, cada vez que el gobierno presuntamente fue derrotado –una bolsa de dinero en el baño de la oficina de Felisa Miceli, caso de la valija; resolución 125; elecciones del 28 de junio de 2009- apostó a más y duplicó la apuesta por el poder: ley de servicios de comunicación audiovisual; asignación universal por hijo; reformulación y denuncia de la apropiación de Papel Prensa y ahora la reforma de la ley de entidades financieras. En una paráfrasis de los asesores de campaña de Bill Clinton, este momento del país se podría explicar diciendo “es el poder, estúpido”.
LA PREGUNTA SOBRE LA REGIONALIZACIÓN
Quizás por un defecto profesional, o por eso de que lo universal para por la aldea de uno, interesa pensar qué ocurre en Neuquén con el Bicentenario, en una provincia con característica de multicultural, poliétnica y, en cierto sentido binacional. No es menor saber que en esta provincia vive la mayor cantidad de habitantes mapuches –acriollados o no- por lo cual contiene a una de las franjas mayoritarias de pueblos originarios en el país. Además, aquí reside la mayor proporción de población de origen chileno en el país. Por último, se mantiene la condición aluvional en la constitución de su sociedad por la continuidad de migración de otras provincias.
Su condición de frontera –en un sentido geográfico- tiene correlato con el variado mestizaje de culturas, pueblos y gentes. No hay una sola, y toda la historia está por escribirse: desde la de los pueblos originarios hasta la campaña del desierto y las mismas misiones religiosas.
En una paráfrasis de los juegos de palabras a los que es tan afecto el rabino mediático Sergio Bergman, se puede decir que la grandeza de Neuquén es su diversidad y la diversidad de Neuquén es su grandeza. En eso comparte con el país su mayor variedad, su mayor riqueza: el mestizaje y, sobre todo, el mestizaje cultural. Nada de culturas endogámicas o de supuesta pureza racial. Lo más rico, lo más variado, lo más hondo y lo más amplio es el mestizaje.
Y en ese contexto, en Neuquén se mantiene un atractivo adicional: el rechazo a las jerarquías y a las aristocracias culturales y sociales y, por contrapartida, la reivindicación de lo plebeyo, de lo cimarrón. Su cultura se enmarca, entonces, en la mejor tradición nacional: si en el siglo XIX lo más genuino de la literatura argentina fue la poesía gauchesca, y “Martín Fierro” fue designado como el gran poema nacional, la cultura neuquina es matrera: matrera porque no se adapta, porque va por fuera de los cauces institucionales aunque a veces los utilice y porque en la marginalidad también encuentra su fuerza.
Esta condición también tiene otra cara, la de un individualismo extremo. Resulta muy difícil, en cualquier disciplina artística, mantener la continuidad de un grupo o de una tendencia. Porque también hay una mayor accesibilidad a los medios de producción cultural que en otras jurisdicciones. Entonces, pelea contra las jerarquías y aristocracias y accesibilidad a las maquinarias de “fabricar cultura” son dos condiciones que se superponen y sostienen la actividad en este campo.
El carácter binacional que diluye la frontera también le da una peculiaridad a esa frontera: no es geográfica ya –la cordillera de los Andes actúa como factor de unión y no de separación- sino política: el ferrocarril que se interrumpió a ambos lados, argentino y chileno respectivamente en Zapala y Lonquimay constituyó una barrera. Por eso no es casual que haya una población denominada Andacollo en Chile y en Argentina.
A manera de síntesis de lo anterior, se puede expresar en binomios generalizadores –y por eso mismo muchas veces inicuos- esta situación cultural en la provincia del Bicentenario: individualismo/rasgos corporativos; lo matrero/lo cosmopolita, excesivamente cosmopolita a veces; lo marginal/lo institucional.
Y puede quedar para responder una pregunta en el aire: ¿qué pasaba en el Neuquén del primer centenario?
De la misma manera que muchos quieren una fotografía del país de 1910 porque añoran la Argentina de los ganados y las mieses, de los ferrocarriles por y para el puerto y de la cuasi factoría con siervos de la gleba con ideologías y lenguas extrañas, Neuquén –y la Patagonia- se perciben como un gran desierto, un vacío a ocupar.
Entonces es necesario demoler el mito del espacio desierto, sin gente, una especie de operación abonada sobre todo por los viajeros ingleses, los misioneros italianos y españoles y los militares argentinos. Ese mito fundante que edifica un reino en la nada es una mentira que encubre el intento –y la realización- de la brutal apropiación de un espacio que ya estaba ocupado, y por pueblos que no habían sido vencidos por el colonizador español. Sólo había que arrasar(los) –arrasar el espacio y arrasar sus habitantes-.
De esa ocupación original y originante dan cuenta las leyendas y las fábulas que construyeron los primeros mitos y ese pensamiento genuino de la Patagonia que es la utopía. El primer utópico quizá fue Antonio Pigafetta, cuando aplicó sus lecturas de novelas de caballería a los tehuelches de la costa atlántica. La más reciente fue Irma Cuña, que partía de Trapalanda y la Ciudad de los Césares para descubrir ese pensamiento huidizo como el horizonte.

25.5.10

Declaración del Bicentenario - Carta abierta


Publicado también en Página/12 el domingo 23 de mayo. Un documento para reflexionar.

Conmemoramos el Bicentenario de la Argentina sin evocar un pasado mítico pero sabiendo que en los pliegues de su historia persisten memorias de un país para todos, muchas veces extraviado en su propio laberinto y otras arrojado a los poderes de la injusticia. De un país que supo de apasionadas escrituras libertarias y que guarda en sus fibras los nombres propios de los hombres y las mujeres que buscaron construir, individual y colectivamente, los trazos de otra patria. La que buscamos en los signos de esta época que ofrece la posibilidad cierta y urgente de encontrarnos con lo mejor de las tradiciones ancladas en los ideales de igualdad, libertad, justicia y soberanía. Ése es el mayo que nos urge desde hace 200 años.

De la Argentina de las luchas emancipatorias quedan los rastros de los esfuerzos políticos, de los trastrocamientos sociales, de la ruptura del orden colonial, pero también la memoria de lo irresuelto, de las promesas no realizadas, de lo popular sin redención. Es en los hilos de lo pendiente, en la memoria de las voluntades, que pronunciamos el nombre de Argentina, en este Bicentenario.

No lo hacemos en la Argentina del Centenario, ese espejo virtual que los poderes actuales instalan en el lugar de Paraíso Perdido. En aquella Argentina un futuro que se imaginaba dorado, sobre la base de los ganados y las mieses, se proyectaba bajo la égida de un Estado excluyente, con las mayorías silenciadas políticamente y con un mundo popular asolado por la desdicha. El Centenario fue oropeles y visitantes extranjeros, tanto como estado de sitio y lucha callejera. República para pocos y Ley de Residencia. Un modelo de país agroexportador incapaz de proyectarse con autonomía del Imperio Británico y de mirarse en otro espejo que no fuera el de un orden internacional injusto.
Jóvenes de clase alta incendiaron un circo plebeyo para que no alterase un paseo tradicional. Esas fogatas prepararon la Semana Trágica y los fusilamientos de la Patagonia, expresiones del odio oligárquico que se descargaría cada vez que el pueblo defendía sus derechos.

No aceptamos volver a la Argentina de 1910. No podemos identificarnos con un país de la desigualdad, el prejuicio y la exclusión. Ni con un país diseñado desde la lógica de los intereses corporativos, que ha venido rapiñando lo público y tratando de disolver lo mejor de las creaciones colectivas, que dieron forma a sistemas de educación y salud equitativos. No es nuestra tradición la que confunde “nación” con “raza” u origen geográfico ni la que reivindicó como causa nacional la aniquilación de pueblos originarios y de sus hombres y mujeres, la servidumbre y el despojo material y cultural, ni estamos dispuestos a tolerar sus abiertas o embozadas formas de persistencia. No queremos que se silencien las voces que desde el fondo de nuestra travesía como nación se expresaron para avanzar hacia una sociedad más igualitaria, ni convertirnos en espectadores que contemplan cómo unos pocos se complacen en sus riquezas mientras los que producen los bienes sociales son reprimidos, acallados o expulsados.

No queremos regresar a los fastos de ese Centenario que sigue persiguiendo
como una sombra espectral los sueños de emancipación, como lo hizo en el 30, en el 55, en el 66 y en el 76. Nuestro Bicentenario busca reencontrarse con los trazos que fueron dibujando los sueños de libertad e igualdad del primer Mayo y que debieron sortear incontables dificultades y las peores pesadillas. Somos ese país de sueños y de pesadillas. Se trata de recrear, con nuestra fuerza imaginativa y con inventivas populares, la fuerza emancipatoria del inicio, y las de las múltiples formas de resistencia que en nuestro suelo fueron ejercidas desde la Conquista y la Colonización, sabiéndonos parte de un destino común, entrelazado con el de los pueblos de toda América Latina, sin los cuales no puede pensarse un presente ni un futuro.

El Bicentenario es, fundamentalmente, una conmemoración de esas luchas
emancipatorias que en sus mejores momentos tenían menos un destino
local que una idea de lo americano. Que tiene su punto de inicio en la revolución de los esclavos haitianos y se consolida recién en 1824. Cuando hoy América Latina traza acuerdos y composiciones, cuando construye Unasur y afianza los compromisos políticos y económicos,cuando procura un destino común, vuelve a proyectarse sobre el fondo de la unidad anunciada en los primeros gritos libertarios, y la Argentina a reencontrarse con el destino que soñó al nacer.

Esta Argentina tiene en su corazón profundo una vida popular que ha sido
gravemente dañada y que es, así y todo, potente y creativa. El antiguo pueblo del himno ha sido rehecho por dictaduras atroces, persecuciones violentas,
modificaciones profundas de la economía y el Estado, tecnologías y lenguajes
comunicacionales capaces de generar las condiciones para que un sentido común amasado entre la dictadura y los años noventa, corroa las fuerzas de nuestra vida ocial y cultural e inhiba el diálogo activo con el pasado.

Ha sido reconfigurado y avasallado el pueblo. Y sin embargo, ha sido y es el
sustrato de las resistencias, la potencia creadora de nuevas formas de vida, de
lenguajes, de símbolos, de modos de encuentro, el horizonte de una real
autonomía simbólica y política de la nación. Ese pueblo tiene múltiples y
heterogéneos rostros políticos, se despliega en organizaciones diversas y en
experiencias no siempre concordantes. Los que aquí manifestamos lo hacemos como parte de ese pueblo, como parte de las organizaciones en las que se nuclea y se recrea.

Son los rostros de los trabajadores asalariados y sindicalizados, herederos de los que un 17 de octubre del 45 le dieron forma a sus exigencias de justicia y dignidad en una novedosa articulación política y que en mayo de 1969 hicieron temblar la ciudad de Córdoba. Son también los rostros sufridos de los desocupados que intentan recuperar una trama social devastada por el neoliberalismo y que en los noventa fueron el alma y el cuerpo de las resistencias, esa parte de los incontables que hoy marchan en pos de la equidad y el reconocimiento. Son los rostros de los activistas sociales y de los creadores culturales. Son los rostros de las militancias por los derechos humanos y de los pacientes articuladores de los barrios. Son los rostros de los estudiantes que supieron arrojarse a las luchas populares. Son los rostros de los empresarios comprometidos con ideales de autonomía nacional y los de los profesores y maestros que trajinan diariamente por la educación pública. Son los rostros de los migrantes latinoamericanos que han elegido estas tierras para construir sus propios sueños y de quienes dan testimonio de la expoliación a los pueblos originarios y de la defensa de sus derechos. Y recuerdan que sólo una América Latina de nuevas solidaridades podría alojar esas diferencias sin diluirlas en el relativismo cultural ni trasvasarlas a persistentes racismos. Son los rostros de la desdicha, del temor ante el peligro, de la alegría por la reunión y la voluntad colectiva.

La conmemoración del Bicentenario no puede desligarse de la consideración de ese pueblo que encuentra en estos días una remozada capacidad de movilización callejera y reconocimiento público. El futuro de la Argentina depende de la atenta vigilia popular, una vigilia hecha de alerta y compromiso, de reacción frente al peligro y de entusiasmos compartidos. Mucho se ha hecho en estos años del siglo XXI para restañar la vida popular dañada. Todos deben saber -todas las dirigencias políticas y sociales- que ningún retroceso es aceptable. Que este pueblo tiene compromisos profundos con las transformaciones realizadas y las faltantes y que encontrará en la memoria de sus luchas pasadas y en las necesidades del presente, la fuerza para resistir cualquier intento de restauración conservadora. No hay vuelta atrás que pueda resultarnos tolerable. No hay interrupción que consideremos viable. La Argentina actual, capaz de enjuiciar los crímenes del pasado y generar políticas de reparación para las desigualdades contemporáneas, no puede ser suprimida por los agentes de la reacción.

Deben ser conjuradas las maniobras de quienes conspiran en las sombras y
agitan desde los espacios mediáticos. Pero también resguardar al país de la
corrosión de sus lenguajes y de una sensibilidad social, cultural y política
menguada en sus capacidades críticas y creativas, como de los condicionamientos en los modos de vida y de pensamiento impuestos por las
culturas imperiales. Sabemos que no se sale indemne de las heridas infringidas por los poderes de la dominación y que las diversas formas de la injusticia, la humillación y la fragmentación marcaron a fuego el tejido social. Pero también percibimos que algo poderoso vuelve a manifestarse en la patria de todos. En la particular situación de América Latina en estos inicios del siglo XXI, este pueblo, hecho de memoria y de presente, escrito su cuerpo por las mil escrituras de la resistencia, las derrotas y los sueños, tiene la potencia de realizar ese llamado ante los peligros y la afirmación de su resistencia ante toda forma de la devastación.

El estado de este pueblo es, hoy, la vigilia: apuesta a la defensa de las
reparaciones alcanzadas y a la perseverante insistencia en lo pendiente. Si es
capaz de mirar al pasado de la nación e inspirarse en la épica americanista de los revolucionarios de mayo, lo hará porque su realización está en las señales del presente y en la apuesta al futuro. Tiene ante sí el desafío de dar lugar a lo nuevo que surge y de contribuir a que se extiendan y fortalezcan los modos en que los argentinos deciden vivir su libertad para afianzar la de todos. Estamos convocando a un acto de emancipación, capaz no sólo de enfrentar las trabas que interponen, ayer como hoy, los intereses poderosos, sino de proponer nuevas soluciones imaginativas y nuevos objetivos que estén a la altura de una sociedad enfrentada al desafío acuciante de ser más equitativa. Y a través del ejercicio de la libertad, de la participación y de la movilización, a llevar a cabo las grandes tareas pendientes, particularmente las que conducen a enfrentar las desigualdades sociales que persisten como una llaga que no se cierra –tareas cuyas señales han sido dadas en estos últimos tiempos-. Un mayo de la equidad y de la igualdad, un mayo en el que la riqueza sea mejor distribuida entre todos los habitantes de esta tierra.

Por todo esto convocamos, con el entusiasmo y la pasión que emanan de nuestra historia compartida, a emprender las transformaciones estructurales y culturales que se necesitan para contrarrestar el saldo de décadas de deterioro y desguace, y avanzar hacia nuevos modos de relación entre los ciudadanos, la política y el Estado. Somos esos sueños y esas múltiples y diversas experiencias sin las cuales no podríamos imaginar un futuro. Conmemorar el Bicentenario implica tomar nota de lo nuevo y convocar lo existente hacia una profundización de la democracia. Los hombres de Mayo tuvieron ante sí la tarea de construir una nación despojada de la herencia colonial. Lo hicieron en parte y la situación de América Latina exige la continuidad de ese esfuerzo. Como para ellos antes, para nosotros hoy no hay retroceso tolerable y sí un enorme desafío histórico: la construcción de una sociedad emancipada y justa.


Espacio Carta Abierta • Gustavo Arrieta (intendente de Cañuelas) • Ricardo
Moccero (intendente de Coronel Suarez) • Mario Secco (Intendente de Ensenada) • Darío Díaz Pérez (Intendente de Lanús) • Graciela Rosso (intendenta de Luján) • Francisco Barba Gutiérrez (intendente de Quilmes) • Osvaldo Amieiro (Intendente de San Fernando) • Juan Carlos Schmid (Sec. de Capacitación y Formación CGT) • Julio Piumato (Sec. Derechos Humanos CGT) • Horacio Ghilini (Sec. Defensa del Consumidor y Estadisticas CGT) • Milagro Sala (Secretaria Acción Social CTA Nacional - Coordinadora Nacional Túpac Amaru) • Raúl Noro (Secretario de Prensa CTA Jujuy - Mesa Nacional Túpac Amaru) • Edgardo Depetri (Frente Transversal) • Oscar Laborde (Frente Transversal) • Luis D’Elía (Central de Movimientos Populares) • Emilio Persico (Movimiento Evita) • Fernando “Chino” Navarro (Movimiento Evita) • Lito Borello (Organización Política y Social Comedor Los Pibes) • Dr. Carlos Oviedo (Corriente Peronista Germán Abdala) • Lorena Pokoik García (Corriente Peronista Germán Abdala)• Gastón Harispe (Movimiento Octubres) • Carlos De Feo (CONADU - CTA) • Federico Montero (CONADU - CTA) • Manuel Alzina (Secretario Adjunto CTA-Capital) • Francisco "Tito" Nenna (Encuentro de articulación popular)Oscar González (Socialismo Bonaerense) • Ariel Basteiro (Socialismo Bonaerense) • Juan Carlos Fernández Alonso (Socialismo Porteño - Unidad Socialista) • Ricardo Romero (Socialismo Porteño - Unidad Socialista • Rodolfo Fernández (Partido Proyecto Popular) • Fernando Suárez (Partido Proyecto Popular) • Luis Ammann (Partido Humanista) • Claudia Neva (Partido Humanista) • Patricio Echegaray (Partido Comunista) • Jorge Kreyness (Partido Comunista) • Jorge Pereyra (Partido Comunista Congreso Extraordinario) • Rodolfo Módena (Partido Comunista Congreso Extraordinario) • Eduardo Sigal (Partido Frente Grande) • Adriana Puiggrós (Partido Frente Grande) • Agustín Rossi (Movimiento Santafesino por la Justicia Social) • Héctor Cavallero (Movimiento Santafesino por la Justicia Social) • Silvia Vázquez (Partido de la Concertación) • Gustavo López. (Partido de la Concertación) • Roberto Feletti (Partido de la Victoria - MoPoS) •Abel Fatala (Red por Buenos Aires) • Carlos López (Corriente Nacional y Popular) • Jorge Giles (Corriente Nacional y Popular) • Jorge “Quito”Aragón (Corriente Nacional Martín Fierro) • Nahuel Beibe (Corriente Nacional Martín Fierro) • Cacho Fuentes (Encuentro de la Militancia La Bernalesa) • Ignacio Rojo (Organización Envar El Kadri) • Marcelo “Nono”Frondizi (Sec. Gremial ATE Capital) (Organización Envar El Kadri) • Andrés Larroque (Agrupación La Campora) • Juan Cabandié (Agrupación La Campora) • Manuel Del Fabro (Mov. Nac. por la Unidad Americana) • Juan Carlos Rodriguez (Mov. Nac. por la Unidad Americana) • Rubén Drí (Movimiento Patria Grande) • Norberto Galasso (Corriente Enrique Santos Discépolo)


ver en: http://www.cartaabierta.org.ar/index.php/declaraciones/82-declaracion-del-bicentenario

29.4.10

Política de nombres




por Horacio González

Durante muchos años, se les ha pedido a sucesivos directores de la Biblioteca Nacional, que procedan a cambiar el nombre de la Hemeroteca, denominada Gustavo Martínez Zuviría. En mi caso personal, recibí durante cinco años este reclamo por parte de numerosas organizaciones y personas. Se trataba de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados –en dos oportunidades-, de importantes intelectuales de nuestro país y del exterior, y de instituciones vinculadas a la memoria del Holocausto. En todos los casos, hemos respondido con prudencia y llamando a una profunda reflexión sobre este caso.
El prolífico escritor Martínez Zuviría fue durante un cuarto de siglo Director de la Biblioteca Nacional, y durante todo ese período –desde su despacho en el primer piso de la calle México 564-, impartió vehementes opiniones militantes de carácter discriminatorio. Su antisemitismo de combate fue notorio y no se limitó a sus novelas. El investigador Boleslao Lewin fue impedido de entrar a la Sala del Tesoro para realizar sus investigaciones por su condición de judío, y en forma humillante se lo limitaba a la sala general. Un modesto progrom se realizaba así en las instalaciones bibliotecarias. Lewin fue autor de decisivos trabajos sobre Tupac Amaru y la independencia sudamericana, revisando los archivos de la Inquisición en el Perú. Este investigador polaco exilado en la Argentina, dedicó su vida a estudiar la emancipación de nuestros países desentrañando la veta inquisitorial que subyace en la profundidad de nuestras sociedades históricas y que nunca deja de llegar largamente hasta nosotros.
Martínez Zuviría, que escribía bajo el conocido pseudónimo de Hugo Wast, publicó novelas antisemitas, como Kahal y Oro, en las que cuenta una conspiración judía para apoderarse de Buenos Aires en 1950 con técnicas alquimísticas para fabricar oro y arruinar las finanzas capitalistas. Estos folletines, que en su momento contaron con numerosos lectores, tenían un ameno desarrollo basado enteramente en la superchería de los Protocolos de los Sabios de Sión, modelo esencial del relato conspirativo universal. A punto de ser traducida masivamente en la Alemania de los años 40, la novela es finalmente vetada por las editoriales nazis de la época pues tiene un final “medieval”. Una joven judía era redimida de sus pecados por el héroe cristiano. El nazismo, en su demasía absoluta, no coronaba sus propias pesadillas con este tipo de redenciones. Más comedido en sus afanes, podríamos decir que Hugo Wast pensaba en lo que Borges, con frase que tomamos de La muerte y la brújula, denominaba irónicamente un “progrom frugal”.
Martínez Zuviría-Wast pertenecía a los sectores más reaccionarios de la Iglesia argentina y había negado la participación eminente y esencial de Mariano Moreno en la fundación de la Biblioteca Nacional hace exactamente 200 años, entonces llamada Biblioteca Pública de Buenos Ayres. Ya en la época de su presencia en la Biblioteca, abundaron las polémicas sobre sus opiniones y decisiones. El poeta César Tiempo, secretario de la Sociedad de Escritores de aquel momento, escribió un gran folleto sobre el tema, sin duda patrocinado por Leopoldo Lugones, presidente y fundador de la Sade. Esta institución era lindera a la Biblioteca y Lugones conocía bien a Wast. El autor de Lunario sentimental podrá ser cuestionado por muchas de sus opiniones políticas, pero supo en su momento repudiar dignamente la folletería antisemita surgida de espíritus curialescos y atrabiliarios.
Otro gran escritor de la época –y de todas las épocas- Ezequiel Martínez Estrada, al observar el oscurantismo moral e intelectual al que estaba sometida la Biblioteca, en su magnífica obra La cabeza de Goliat (1940), escribió que todo parecía indicar que el busto de mármol de Mariano Moreno situado en la sala principal de lectura, estaba cabeza para abajo.
Llegó el momento de poner a Mariano Moreno sobre sus pies. Estamos en fecha propicia. El actual nombre de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional será cambiado esta semana por el de Ezequiel Martínez Estrada, escritor universalista de la condición argentina, inventor de formas narrativas y ensayísticas emancipadas, autor de estudios decisivos sobre el Martín Fierro, la pampa y la ciudad, Kafka y Montaigne y la turbada historia nacional, también partidario de una teoría de la lectura –la lectura conmocionante y curadora- que se entrelaza con las más modernas perspectivas de la crítica literaria actual.
No tomamos exultantes esta decisión. Actuamos según la enseñanza spinoziana: No reír, no lamentar, no detestar, sino comprender. Así encaramos esta decisión necesaria y pendiente, reclamada por el parlamento y sectores plurales de la sociedad. Nosotros mismos la habíamos demorado por diversas consideraciones. No íbamos a responder al negacionismo con una ocultación de nombres y un desconocimiento de la ruda facticidad de lo histórico. Martínez Zuviría es parte de la historia de la Biblioteca Nacional –así lo atestiguan numerosos y no suprimibles indicios-, pero concluimos que no debe ser el nombre de una de sus salas principales.
En efecto, como bibliotecario, Martínez Zuviría fue un tipo de erudito que tiene notorios representantes en la historia de la cultura, que unió archivismo y conspiración, bibliofilia e inquisición. Reconocidamente, se le debe la publicación de documentos capitales de la historia colonial argentina –que ya habían sido recopilados por el empeñoso sacerdote Saturnino Segurola y el polígrafo Pedro de Ángelis-, y la compra de la colección Foulché-Delbosc, uno de los patrimonios más valiosos de la Biblioteca Nacional. Nada de esto será desconocido, ni ignorado, ni olvidado. Al contrario, todo está a la vista, apto para la meditación y el estudio. Pero fuera del signo vital de las conmemoraciones, que son lo que una comunidad crea y recrea en lo más profundo del espíritu colectivo. El máximo tótem del antisemitismo argentino, expuesto como señal conmemorativa, ofende finalmente a quienes buscan de todas las formas posibles los nuevos cimientos para reconstruir una democracia avanzada, igualitaria y no discriminativa en la Argentina. No la habrá sino recogemos los signos dispersos del pasado para una nueva meditación convocante, para un nuevo juicio que piense serenamente desde tantas y múltiples heridas.
Mucho deliberamos antes de tomar esta medida de justicia frente a la esquiva y difícil memoria nacional. Acudió repentinamente a nosotros la frase de Nietzsche en Zarathustra, dirigida a los comuneros de París en 1871: “no tiréis columnas, que volverán más seductoras a su lugar”. Pesaba también el hecho de ser justos con los nombres que invitan a reflexiones profundas sobre la existencia y la reparación de las vidas conculcadas, sin ser injustos con una complejísima institución nacional. Pero repentinamente, y al calor de estas épocas que invitan a construir nuevas columnas morales e intelectuales –con reconocibles dificultades a la vista-, como si resurgiera el espectro de Tupac Amaru desde las páginas de Boleslao Lewin, una voz de la historia susurró que había que reponer un hilo que uniera las partes rotas del memorial argentino y que sirviera también como un llamado reflexivo hacia nuestra vida cultural, hacia los lectores e investigadores y hacia los propios trabajadores de la Biblioteca Nacional.